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Darle la vuelta a la tortilla

Darle la vuelta a la tortilla

domingo, 13 de febrero de 2011

20. Sangre fría. Parte I: Padre

El pequeño hombrecillo se adentró en la caverna. Llevaba sus ropajes que de costumbre caracterizaban a un agricultor, y el sombrero que le regaló su hija, le quedaba algo grande pero se sujetaban con sus orejas puntiagudas. En la mano llevaba una daga de piedra que utilizaba para el campo. La caverna se estrechaba a medida que seguía adelante, era bastante pequeña, incluso para un duende. Este tunel no era el que el Gringow utilizaba para entrar o salir. Al fondo pudo distinguir un resplandor, una luz verde. Se pegó a una de las paredes y retrasó un poco su paso. Llegó al final.
El suelo estaba a unos pocos metros mas abajo, asomó su pequeña cabeza por el agujero. Era una gruta bastante amplia. La luz verde provenía de unos grandes hongos que estaban por todas las paredes. Pudo distinguir un zorzal de hierbas arrancadas que parecían formar una cama. El duende pensó que en esa cama podrían dormir seis como ellos. Levantó un poco la vista y descubrió un pequeño agujero del que provenía una luz diferente, la luz del día. Bajó por el hueco por donde miraba, ayudándose de los salientes de la pared. El mal olor era más fuerte dentro de la gruta. Al fondo vio la salida de la cueva que se encontraba tapada por una gran piedra. Al verla no pudo evitar suspirar y recordar lo que decían del tamaño del gringow. Llegó al pequeño agujero por donde entraba la luz del día. Al poner la mano sobre el agujero, notó que algo lo pringaba y al mirarse la mano se puso a temblar. Era sangre. También estaba por el suelo. Muy despacio se acercó al agujero y miró por él. En el suelo, pegado a la pared del agujero, se amontonaban unos bultos que no pudo identificar. Sobre ellos revoloteaban un centenar de moscas. El olor, nauseabundo, se hizo más fuerte.
Al fondo. La pudo ver, su pequeña, su vida. Llevaba las mismas ropas del día que desapareció, hace hoy 8 días. Se encontraba en el suelo inconsciente. A su lado pudo ver a otro pequeño que había desaparecido. Lo reconoció en seguida. Los dos estaban mucho más delgados. Abrió la boca para llamar a su pequeña pero pisó un plato que se encontraba en los restos de sangre del suelo. Entonces sobre el mal olor le llegó una agradable esencia, se agachó y pudo ver que el plato contenía restos de zutrores. Se incorporó de nuevo y comenzó a llamar a su pequeña. “Didi, Didi”, la llamaba sin descanso, ya no le importaba hacer ruido. Soltó la daga en el suelo y cogió un resto de zutror, y lo lanzó como pudo lo más cerca de ella. Seguía llamándola. No se movía, ni una sola respuesta. Clavó las rodillas al suelo, pero no tuvo tiempo de desmoronarse. Un sonido. La piedra de la entrada se movía, pudo sentirla, y un ligero resplandor entró de repente. Pero lo tapó una gran sombra. Un leve y conciso rugido, le hizo incorporarse muy despacio. Mientras se levantaba, instintivamente recogió la daga del suelo. La agarró con fuerza, tensó todo su cuerpo. Miró una última vez por el agujero. Entonces el tiempo se paró, la pequeña estaba de pie y lo miraba. Una lágrima cayó por su mejilla… de pronto un fuerte golpe lo tumbó al suelo a después de volar varios metros por el aire, intentó sobreponerse, la daga ya no estaba en su mano. Levantó la vista, una gran mano le sujetó el brazo y con un simple apretón de sus largos y peludos dedos, el gringow le rompió el brazo. Lo levantó en el aire y lo arrojó con desprecio al suelo. El duende no podía soportar tal dolor, pero en su agonía pudo escuchar la voz de su pequeña, pensó que estaba delirando… Centró su vista en el agujero lleno de sangre y pudo ver una manita de duende. La voz se hizo mas clara. Estaba viva.
Lo había conseguido, había llegado hasta ella. Ahora tenía que salvarla aunque le costara su vida. Su dolor ya no importaba, se puso de pie sin esfuerzo ninguno, miró al gringow a los ojos… pero algo raro pasaba. El dolor de su brazo había desaparecido por completo, es más, estaba reestructurado, y podía moverlo con facilidad. Miró al frente. Parecía que había crecido, se sentía mas grande, más fuerte… se sentía capaz de todo.
No era más alto, y su fortaleza no era física. Dirijió su mirada hacia el suelo, pero no le sorprendió lo que vio. Estaba volando en el aire y su cuerpo yacía en el suelo. Su brazo estaba torcido por varios sitios y sangraba por la cabeza… le invadió la tristeza, la impotencia… no había conseguido nada…
Volvió la vista al frente. El gringow estaba de rodillas, y metío su gran brazo por el agujero. Oía los gritos aterradores de su hija… no podía hacer nada. Su cuerpo se elevaba sin reparo y comenzaba a dispersarse como el humo. Pero de repente algo sucedió. El gringow gritaba, pero gritaba de dolor… Sacó el brazo del agujero, y pudo comprobar que estaba totalmente desollado. Tenía profundos cortes que sangraban si cesar. Lo último que pudo ver antes de desaparecer por completo era que del agujero surgió una zarza que tenía espinas del tamaño de los dedos del monstruo.
Su hija era la “heredera”…

Continuará…

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