La pequeña se adentró en el Gran Zauco, no si antes mirar atrás y ver por última vez a su padre, que se daba la vuelta y regresaría a casa. Ahora esta sería su casa.
- Buenas tardes- le recibieron tres personas adultas que le dedicaron una reverencia. - - La reina le espera.- habló la mujer duende del centro. La pequeña hizo una tímida reverencia con la cabeza, y volvió a mirar atrás. -Llevad las cosas a sus aposentos- los duendes de los lados cogieron los dos sacos que formaban su equipaje, y pasaron por una puerta en la otra dirección. La mujer vio que la pequeña seguía mirando a su padre.
- No se preocupe por su padre, ni por su familia.- le dijo la mujer poniéndole una mano sobre el hombro.- Ahora serán la familia mas respetada del bosque, y nunca habrá unos padres mas orgullosos de su hija, como los tuyos.-
La pequeña sonrió. La mujer le tendió la mano y la pequeña la cogió. Juntas se adentraron por el vestíbulo hasta unas escaleras que iban hacia arriba. Las escaleras que subían eran firmes y tenían pequeños detalles esculpidos. Las paredes estaban decoradas de algunos relieves que representaban la vegetación ya la fauna del bosque. En algunos escenarios pudo distinguir figuras de duendes trabajando en las cosechas y mujeres jugando con sus hijos. Varios recuerdos inundaron su mente. Dejó de sonreír. Sabía lo que le esperaba, y su única opción era aceptarlo.
Llegaron al final de las escaleras. Una gran enredadera estaba ante ellas, era de bastante tamaño y estaba decorado de diversas flores con colores llamativos. La mujer le soltó la mano
- Tranquila.- le dijo con ternura- se abrirán a tu paso.- miró al inmenso mural de colores. – Siempre me han gustado estas flores- dijo con cara risueña.
La pequeña juntó sus manos y de ellas brotó una flor. La mujer presenció como los pétalos adquirían todos los colores del mural, difuminados y brillantes. La pequeña se lo ofreció con una tímida sonrisa. La mujer, perpleja por la belleza de la flor, la tomó y le hizo una reverencia con la cabeza
- Muchas gracias.- dijo y la pequeña sonrió con más fuerza. – Lo siento, pero no podemos ver el Sagritorio- miró la flor y de nuevo a la pequeña. –Gracias de nuevo, seguro que todo te irá bien.- la mujer acarició suavemente el rostro de la pequeña.
- Hasta pronto.- se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras. La pequeña la siguió con la mirada hasta que desapareció del todo. Pudo comprobar que miraba con detenimiento la flor.
La pequeña se dio la vuelta y se puso frente a la enredadera, antes de que pudiera pensar nada, notó que las flores hacían un ligero movimiento de aleteo con sus pétalos. Se llenó de confianza, y justo cuando dio un paso hacia delante, la enredadera se abrió por la mitad dejando ver la cúpula del famoso Sagritorio. Era muy amplia, pero menos de lo que ella se esperaba, las paredes eran lisas y suaves al tacto. Estaba bastante oscuro, la tenue y suave luz de algunas velas confortaban el sitio. De pronto esa leve iluminación se vio interrumpida por la luz del alba que entraba por el techo de la cúpula. La pequeña pudo ver (y sentir) como la madera del árbol se abría por el techo de forma circular, dejando entrar al Sol. Se frotaba los ojos, mientras au vista se adaptaba la luz diurna. Delante suya se encontraba una mujer duende. Su rostro envejecido pero muy bello, reflejaba serenidad y sosiego. Sus ropas, de color blanco, arrastraban el suelo al andar y brillaban con la luz del sol.
La pequeña clavó sus rodillas en el suelo e hizo una reverencia.
-Levántate- dijo la reina- ya no harás más reverencias.- la pequeña se levantó lentamente.- ahora, la gente te reverenciará a ti.-
La pequeña sonrió. La voz de la reina denotaba tranquilidad. Era como si le hablara su madre.
-Muy bonita- dijo la reina de nuevo- la flor, has creado una gran combinación de colores-la pequeña se ruborizó.
-Tienes mucho talento. El muro floral que tengo en la entrada te dijo como hacerlo ¿verdad?- la pequeña asintió.
-Ya puedes comunicarte con la naturaleza, aunque la haya creado yo. Lo sé. Cada día que pasa, a mi me habla menos. O puede que yo esté perdiendo ese don.-La reina miró al pequeña de arriba abajo.- Un gran trozo de madera se destacó del suelo y se dio forma hasta quedar como una silla. La reina le hizo un ademán para que se sentara, mientras tras ella se formaba un trono donde se sentó.
- Supongo que ya lo sabes, ya sabes porqué te llaman la heredera- la pequeña abrió la boca pero la reina siguió hablando.- es la prueba mas dura. Cuanto mas poder vayas adoptando yo lo iré perdiendo. Y al final moriré.
>>Cuando eso ocurra, ya te diré lo que tienes que hacer con mi cuerpo. Es curioso porque eso fue lo primero que yo aprendí a hacer. Si, así fue como acabé con el gringow. Casi todo lo que cuentan de la leyenda del “Árbol de la Cueva” es cierto, salvo algunas cosas que se evitan para no asustar más a los niños. ¿Has hablado ya con el Intérprete no?
-Sí- dijo la pequeña, comenzaba a brotar confianza de ella. La reina sonrió- Me contó que fue nombrado intérprete algunos días después de que usted llegara a la aldea.
La reina asintió. Pero un leve escalofrió le recorrió la el cuerpo.
-Parece ser que dada la situación de horror de aquella época, huyó de la aldea. Cosa muy extraña, porque aquí es donde estamos más seguros.- la pequeña esperaba que se le aclarara la situación pero la reina no dijo nada más del tema.
-¿Por qué no me cuentas que situación, o momento de malestar ha hecho que la naturaleza te elija como heredera?- Pregunto la reina.
-Mi hermano pequeño.- la pequeña no pudo evitar suspirar, al saber que ya no volvería a estar con él.-Uno oso lo asustó y cayó al río. Había mucha corriente y lo arrastraba. Cuando vi que se ahogaba y que no podía hacer nada, sentí como un árbol me agarraba la mano. La tenía puesta sobre un roble. Sentía su fuerza y grandeza. Entonces alargué mi brazo hacia el río… un roble que estaba bastante lejos, metió sus fuertes ramas en el agua y sacó a mi hermano. Fui hacia el roble que sostenía a mi hermano. Puse mi mano sobre él, y sus ramas acercaron a mi hermano al suelo con mucha delicadeza, la misma con la que lo puse yo…-
La reina escuchaba con atención. Y noto un poco de inquietud en la pequeña.
-¿hay algo más que quieras contarme?- le preguntó.
La pequeña la miró, ahora ella iba a ser su única compañía en su vida.
-Mientras veníamos hacia aquí, algo pasaba.- se puso muy seria, y decidida.- los árboles, las hojas, los arbustos, todas la flores… era como si estuvieran incomodas con mi padre. Como si me estuvieran advirtiendo. Es algo muy raro…-
-Tranquila- dijo la reina- cuando crezcas un poco sabrás interpretarlo. Es lo segundo que yo aprendí…
La pequeña estaba desconcertada, pero la reina no estaba dispuesta a contar nada más.
-Serás una gran Reina.- ambas sonrieron.- ahora descansa- La zarza de flores se abrió de nuevo.-ve a tus aposentos, come algo y duerme. Mañana empezaremos.
La pequeña se levantó de la silla y se dirigió hacia la entrada. Había muchas incógnitas que le recorrían en su cabeza…
-No te preocupes- dijo la reina. –las respuestas que buscas, no te las diré yo. Las descubrirás tú misma…-
La pequeña asintió, y se marchó por las escaleras. El mural de flores se cerró de nuevo.
La reina se sentó de nuevo en su trono. Recordó a su padre, y se puso a llorar…
Continuará…masssss
martes, 22 de febrero de 2011
domingo, 13 de febrero de 2011
20. Sangre fría. Parte I: Padre
El pequeño hombrecillo se adentró en la caverna. Llevaba sus ropajes que de costumbre caracterizaban a un agricultor, y el sombrero que le regaló su hija, le quedaba algo grande pero se sujetaban con sus orejas puntiagudas. En la mano llevaba una daga de piedra que utilizaba para el campo. La caverna se estrechaba a medida que seguía adelante, era bastante pequeña, incluso para un duende. Este tunel no era el que el Gringow utilizaba para entrar o salir. Al fondo pudo distinguir un resplandor, una luz verde. Se pegó a una de las paredes y retrasó un poco su paso. Llegó al final.
El suelo estaba a unos pocos metros mas abajo, asomó su pequeña cabeza por el agujero. Era una gruta bastante amplia. La luz verde provenía de unos grandes hongos que estaban por todas las paredes. Pudo distinguir un zorzal de hierbas arrancadas que parecían formar una cama. El duende pensó que en esa cama podrían dormir seis como ellos. Levantó un poco la vista y descubrió un pequeño agujero del que provenía una luz diferente, la luz del día. Bajó por el hueco por donde miraba, ayudándose de los salientes de la pared. El mal olor era más fuerte dentro de la gruta. Al fondo vio la salida de la cueva que se encontraba tapada por una gran piedra. Al verla no pudo evitar suspirar y recordar lo que decían del tamaño del gringow. Llegó al pequeño agujero por donde entraba la luz del día. Al poner la mano sobre el agujero, notó que algo lo pringaba y al mirarse la mano se puso a temblar. Era sangre. También estaba por el suelo. Muy despacio se acercó al agujero y miró por él. En el suelo, pegado a la pared del agujero, se amontonaban unos bultos que no pudo identificar. Sobre ellos revoloteaban un centenar de moscas. El olor, nauseabundo, se hizo más fuerte.
Al fondo. La pudo ver, su pequeña, su vida. Llevaba las mismas ropas del día que desapareció, hace hoy 8 días. Se encontraba en el suelo inconsciente. A su lado pudo ver a otro pequeño que había desaparecido. Lo reconoció en seguida. Los dos estaban mucho más delgados. Abrió la boca para llamar a su pequeña pero pisó un plato que se encontraba en los restos de sangre del suelo. Entonces sobre el mal olor le llegó una agradable esencia, se agachó y pudo ver que el plato contenía restos de zutrores. Se incorporó de nuevo y comenzó a llamar a su pequeña. “Didi, Didi”, la llamaba sin descanso, ya no le importaba hacer ruido. Soltó la daga en el suelo y cogió un resto de zutror, y lo lanzó como pudo lo más cerca de ella. Seguía llamándola. No se movía, ni una sola respuesta. Clavó las rodillas al suelo, pero no tuvo tiempo de desmoronarse. Un sonido. La piedra de la entrada se movía, pudo sentirla, y un ligero resplandor entró de repente. Pero lo tapó una gran sombra. Un leve y conciso rugido, le hizo incorporarse muy despacio. Mientras se levantaba, instintivamente recogió la daga del suelo. La agarró con fuerza, tensó todo su cuerpo. Miró una última vez por el agujero. Entonces el tiempo se paró, la pequeña estaba de pie y lo miraba. Una lágrima cayó por su mejilla… de pronto un fuerte golpe lo tumbó al suelo a después de volar varios metros por el aire, intentó sobreponerse, la daga ya no estaba en su mano. Levantó la vista, una gran mano le sujetó el brazo y con un simple apretón de sus largos y peludos dedos, el gringow le rompió el brazo. Lo levantó en el aire y lo arrojó con desprecio al suelo. El duende no podía soportar tal dolor, pero en su agonía pudo escuchar la voz de su pequeña, pensó que estaba delirando… Centró su vista en el agujero lleno de sangre y pudo ver una manita de duende. La voz se hizo mas clara. Estaba viva.
Lo había conseguido, había llegado hasta ella. Ahora tenía que salvarla aunque le costara su vida. Su dolor ya no importaba, se puso de pie sin esfuerzo ninguno, miró al gringow a los ojos… pero algo raro pasaba. El dolor de su brazo había desaparecido por completo, es más, estaba reestructurado, y podía moverlo con facilidad. Miró al frente. Parecía que había crecido, se sentía mas grande, más fuerte… se sentía capaz de todo.
No era más alto, y su fortaleza no era física. Dirijió su mirada hacia el suelo, pero no le sorprendió lo que vio. Estaba volando en el aire y su cuerpo yacía en el suelo. Su brazo estaba torcido por varios sitios y sangraba por la cabeza… le invadió la tristeza, la impotencia… no había conseguido nada…
Volvió la vista al frente. El gringow estaba de rodillas, y metío su gran brazo por el agujero. Oía los gritos aterradores de su hija… no podía hacer nada. Su cuerpo se elevaba sin reparo y comenzaba a dispersarse como el humo. Pero de repente algo sucedió. El gringow gritaba, pero gritaba de dolor… Sacó el brazo del agujero, y pudo comprobar que estaba totalmente desollado. Tenía profundos cortes que sangraban si cesar. Lo último que pudo ver antes de desaparecer por completo era que del agujero surgió una zarza que tenía espinas del tamaño de los dedos del monstruo.
Su hija era la “heredera”…
Continuará…
El suelo estaba a unos pocos metros mas abajo, asomó su pequeña cabeza por el agujero. Era una gruta bastante amplia. La luz verde provenía de unos grandes hongos que estaban por todas las paredes. Pudo distinguir un zorzal de hierbas arrancadas que parecían formar una cama. El duende pensó que en esa cama podrían dormir seis como ellos. Levantó un poco la vista y descubrió un pequeño agujero del que provenía una luz diferente, la luz del día. Bajó por el hueco por donde miraba, ayudándose de los salientes de la pared. El mal olor era más fuerte dentro de la gruta. Al fondo vio la salida de la cueva que se encontraba tapada por una gran piedra. Al verla no pudo evitar suspirar y recordar lo que decían del tamaño del gringow. Llegó al pequeño agujero por donde entraba la luz del día. Al poner la mano sobre el agujero, notó que algo lo pringaba y al mirarse la mano se puso a temblar. Era sangre. También estaba por el suelo. Muy despacio se acercó al agujero y miró por él. En el suelo, pegado a la pared del agujero, se amontonaban unos bultos que no pudo identificar. Sobre ellos revoloteaban un centenar de moscas. El olor, nauseabundo, se hizo más fuerte.
Al fondo. La pudo ver, su pequeña, su vida. Llevaba las mismas ropas del día que desapareció, hace hoy 8 días. Se encontraba en el suelo inconsciente. A su lado pudo ver a otro pequeño que había desaparecido. Lo reconoció en seguida. Los dos estaban mucho más delgados. Abrió la boca para llamar a su pequeña pero pisó un plato que se encontraba en los restos de sangre del suelo. Entonces sobre el mal olor le llegó una agradable esencia, se agachó y pudo ver que el plato contenía restos de zutrores. Se incorporó de nuevo y comenzó a llamar a su pequeña. “Didi, Didi”, la llamaba sin descanso, ya no le importaba hacer ruido. Soltó la daga en el suelo y cogió un resto de zutror, y lo lanzó como pudo lo más cerca de ella. Seguía llamándola. No se movía, ni una sola respuesta. Clavó las rodillas al suelo, pero no tuvo tiempo de desmoronarse. Un sonido. La piedra de la entrada se movía, pudo sentirla, y un ligero resplandor entró de repente. Pero lo tapó una gran sombra. Un leve y conciso rugido, le hizo incorporarse muy despacio. Mientras se levantaba, instintivamente recogió la daga del suelo. La agarró con fuerza, tensó todo su cuerpo. Miró una última vez por el agujero. Entonces el tiempo se paró, la pequeña estaba de pie y lo miraba. Una lágrima cayó por su mejilla… de pronto un fuerte golpe lo tumbó al suelo a después de volar varios metros por el aire, intentó sobreponerse, la daga ya no estaba en su mano. Levantó la vista, una gran mano le sujetó el brazo y con un simple apretón de sus largos y peludos dedos, el gringow le rompió el brazo. Lo levantó en el aire y lo arrojó con desprecio al suelo. El duende no podía soportar tal dolor, pero en su agonía pudo escuchar la voz de su pequeña, pensó que estaba delirando… Centró su vista en el agujero lleno de sangre y pudo ver una manita de duende. La voz se hizo mas clara. Estaba viva.
Lo había conseguido, había llegado hasta ella. Ahora tenía que salvarla aunque le costara su vida. Su dolor ya no importaba, se puso de pie sin esfuerzo ninguno, miró al gringow a los ojos… pero algo raro pasaba. El dolor de su brazo había desaparecido por completo, es más, estaba reestructurado, y podía moverlo con facilidad. Miró al frente. Parecía que había crecido, se sentía mas grande, más fuerte… se sentía capaz de todo.
No era más alto, y su fortaleza no era física. Dirijió su mirada hacia el suelo, pero no le sorprendió lo que vio. Estaba volando en el aire y su cuerpo yacía en el suelo. Su brazo estaba torcido por varios sitios y sangraba por la cabeza… le invadió la tristeza, la impotencia… no había conseguido nada…
Volvió la vista al frente. El gringow estaba de rodillas, y metío su gran brazo por el agujero. Oía los gritos aterradores de su hija… no podía hacer nada. Su cuerpo se elevaba sin reparo y comenzaba a dispersarse como el humo. Pero de repente algo sucedió. El gringow gritaba, pero gritaba de dolor… Sacó el brazo del agujero, y pudo comprobar que estaba totalmente desollado. Tenía profundos cortes que sangraban si cesar. Lo último que pudo ver antes de desaparecer por completo era que del agujero surgió una zarza que tenía espinas del tamaño de los dedos del monstruo.
Su hija era la “heredera”…
Continuará…
domingo, 6 de febrero de 2011
19.Entender el poder y el querer. Parte III: Decisión.
El muchacho miraba el anillo de su difunto padre, y no podía evitar derramar una lágrima. En sus manos estaba la carta que le escribió antes de su despedida. En sus manos, un sobre cerrado con una dirección y el nombre de una mujer, una mujer española. Aquí estaba, en España, después de 18 horas en avión con 4 escalas en diferentes lugares del mundo. Luego tomó un autobús que le llevaría a la ciudad. El autobús le resultaba muy cómodo, además tenía calefacción y eso era muy gratificante en pleno febrero, pues el nunca había conocido un clima en el hemisferio norte. Los paisajes le maravillaban, no podía dejar de mirar por la ventanilla, y centraba su atención en cosas como en la maquinaria de las obras, los carteles de publicidad gigantes, y en la cantidad de vegetación en la ciudad.
Después de mucho andar y preguntar a bastante gente, llegó a una casa. Era de una planta, pero aparentaba ser bastante grande. Sacó la carta de su pequeña maleta y con ella en sus manos llamó a la puerta. Abrió un hombre de unos 40 años, alto y de pelo rojo. Ambos se miraron de arriba abajo.
-¿querías algo?- preguntó el hombre.
- Estaba buscando a Ana.- preguntó el joven con mucha vergüenza.- vive aquí ¿no?.
El hombre pareció alarmarse al escuchar el nombre de la mujer y miró de nuevo al joven, esta vez con más detenimiento. El sobre que llevaba en la mano, la pequeña maleta que escondía detrás de su delgado cuerpo un anillo colgado de su cuello,y en sus ojos que no dejaban de mirarle con incertidumbre.
-¿Puedo saber por qué la buscas?- preguntó con curiosidad.
-Quería darle esto.- dijo enseñando el sobre que tenía en la mano, El hombre miró el sobre, y vio el nombre de Ana y la dirección de su casa.
-¿Quién lo envía?-preguntó el hombre, comenzaba a temblarle la voz.
- Es de mi padre.- dijo el chaval mirando de reojo el anillo que llevaba colgado en el cuello. –Me dijo que se la trajera, cuando el se fuera y…- el joven dejó de hablar al ver al hombre agachar la cabeza. Cuando la levantó vio como se frotaba los ojos que le lloraban.
- Lo siento, es que Ana, mi mujer, murió hace ahora 2 años.- el hombre volvió a secarse las lágrimas- tenía una extraña enfermedad que debió contraer en un viaje que hizo a África.-
El chico se movió con incomodidad cuando pronunció el nombre del continente.
- No quería molestarle, lo siento mucho, me voy…- el chico se dio la vuelta y guardó la carta en el bolsillo, cuando de pronto:
- Espera- dijo el hombre con voz mas clara.-Tu eres de allí, ¿verdad?- el joven se dio la vuelta y lo miró- ella nunca me dijo porqué estuvo en África un mes.- se acercó al joven
-Si me dejaras leer eso podría tener alguna repuesta, podría saber porque murió.-
El joven se sacó la carta de nuevo del bolsillo. La observó por completo.
-Yo también quiero saber porqué estoy aquí.- le dio la carta.
El hombre la cogió como si fuera un regalo. Leyó de nuevo el sobre. Miró al joven, y bajó la mirada hasta el anillo de plata que colgaba de su cuello. Metió la mano dentro de su propia camiseta, y sacó otro anillo, este, de oro, enseñándoselo al joven. Que a su vez sostuvo en la mano el suyo.
-Parece que todas nuestras respuestas no se encuentran solo en esta carta.- dijo el hombre sonriendo. El muchacho se sintió un poco más aliviado, y pudo relajar un poco
el cuerpo.
- Pasa- dijo el hombre abriéndole paso.-estaremos mas cómodos y calentitos. Supongo que habrá sido un viaje largo, y que no habrás comido- El muchacho asintió sonriendo.
-Gracias- dijo cogiendo la maleta y avanzando hacia la puerta.
-Yo soy Iván- dijo el hombre extendiendo la mano.
El muchacho le estrechó la mano con afecto y le respondió:
-Imanol, me llamo Imanol.-
FIN
Después de mucho andar y preguntar a bastante gente, llegó a una casa. Era de una planta, pero aparentaba ser bastante grande. Sacó la carta de su pequeña maleta y con ella en sus manos llamó a la puerta. Abrió un hombre de unos 40 años, alto y de pelo rojo. Ambos se miraron de arriba abajo.
-¿querías algo?- preguntó el hombre.
- Estaba buscando a Ana.- preguntó el joven con mucha vergüenza.- vive aquí ¿no?.
El hombre pareció alarmarse al escuchar el nombre de la mujer y miró de nuevo al joven, esta vez con más detenimiento. El sobre que llevaba en la mano, la pequeña maleta que escondía detrás de su delgado cuerpo un anillo colgado de su cuello,y en sus ojos que no dejaban de mirarle con incertidumbre.
-¿Puedo saber por qué la buscas?- preguntó con curiosidad.
-Quería darle esto.- dijo enseñando el sobre que tenía en la mano, El hombre miró el sobre, y vio el nombre de Ana y la dirección de su casa.
-¿Quién lo envía?-preguntó el hombre, comenzaba a temblarle la voz.
- Es de mi padre.- dijo el chaval mirando de reojo el anillo que llevaba colgado en el cuello. –Me dijo que se la trajera, cuando el se fuera y…- el joven dejó de hablar al ver al hombre agachar la cabeza. Cuando la levantó vio como se frotaba los ojos que le lloraban.
- Lo siento, es que Ana, mi mujer, murió hace ahora 2 años.- el hombre volvió a secarse las lágrimas- tenía una extraña enfermedad que debió contraer en un viaje que hizo a África.-
El chico se movió con incomodidad cuando pronunció el nombre del continente.
- No quería molestarle, lo siento mucho, me voy…- el chico se dio la vuelta y guardó la carta en el bolsillo, cuando de pronto:
- Espera- dijo el hombre con voz mas clara.-Tu eres de allí, ¿verdad?- el joven se dio la vuelta y lo miró- ella nunca me dijo porqué estuvo en África un mes.- se acercó al joven
-Si me dejaras leer eso podría tener alguna repuesta, podría saber porque murió.-
El joven se sacó la carta de nuevo del bolsillo. La observó por completo.
-Yo también quiero saber porqué estoy aquí.- le dio la carta.
El hombre la cogió como si fuera un regalo. Leyó de nuevo el sobre. Miró al joven, y bajó la mirada hasta el anillo de plata que colgaba de su cuello. Metió la mano dentro de su propia camiseta, y sacó otro anillo, este, de oro, enseñándoselo al joven. Que a su vez sostuvo en la mano el suyo.
-Parece que todas nuestras respuestas no se encuentran solo en esta carta.- dijo el hombre sonriendo. El muchacho se sintió un poco más aliviado, y pudo relajar un poco
el cuerpo.
- Pasa- dijo el hombre abriéndole paso.-estaremos mas cómodos y calentitos. Supongo que habrá sido un viaje largo, y que no habrás comido- El muchacho asintió sonriendo.
-Gracias- dijo cogiendo la maleta y avanzando hacia la puerta.
-Yo soy Iván- dijo el hombre extendiendo la mano.
El muchacho le estrechó la mano con afecto y le respondió:
-Imanol, me llamo Imanol.-
FIN
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