Estaba en la azotea, sola. Justo en el mismo lugar donde consumó su amor por primera vez con el hombre que quería, al menos ella lo seguía queriendo, aunque últimamente cuando pensaba en él, no dejaba de mirar el cuchillo que sostenía con firmeza en su mano. No solo la había dejado, la había humillado, la había destrozado sin ninguna piedad, sin ningún remordimiento. Nunca la había querido, solo su cuerpo, su bonito pero a la vez maldito cuerpo… ahora nada importaba, pronto su cuerpo estaría a la merced de los gusanos. Sonrió mientras pensaba en el interior de la caja de pino, en el ridículo traje que la pondrían, el pelo, el maquillaje… sonrió con mas alarde mientras acercaba el cuchillo a su muñeca… el tacto áspero del cuchillo debido al paso del tiempo, el aire suave y ligero a diez pisos de altura, el tierno sabor de su último helado de chocolate… da igual lo que haya más allá. Será sin duda mejor que esto. La firmeza de su mano se estrechó convirtiéndose en fuerza y el acero lanzó un pequeño reflejo antes de aproximarse a la carne…
-Te veo totalmente segura.- una voz que resonaba en su interior pero que influía en el viento, como si viniera de atrás. No se atrevió a mirar. El cuchillo se detuvo a un milímetro escaso de su piel. -No debemos hacer esto, pero no puedo dejar que lo hagas.- continuo la voz con frialdad. La joven bajó un poco la mirada y pudo ver que no había ninguna sombra detrás de ella, pero estaba completamente segura de que había alguien. –Suena mucho a tópico, pero yo te lo puedo asegurar. No merece la pena.- siguió hablando.-Veo como se mueve tu cuerpo con la respiración. Con ese simple gesto ya te envidio… si, créetelo. No sé cuánto tiempo hace, pero desde que dejo de latir mi corazón. Ya me arrepentí.- hizo una pausa y la joven relajó un poco su cuerpo, pero no movió en ningún momento el cuchillo. -Te he visto saboreando el helado, como tus labios se encogían por el frio, como se cerraban tus ojos por el placer que te hace sentir, y la autentica satisfacción de dejar sobre la mesa el plato totalmente vacío. Todos los detalles importan, todas las circunstancias influyen, pero lo que verdaderamente no sabes, es que eso se acaba.- iba a abrir la boca, pero la voz la interrumpió. -Sí, es cierto, lo malo se acaba. Pero que harás con lo bueno… lo bueno no se acaba, lo pierdes. No te hablo de que cambie de sitio, no lo vuelves a ver, no lo vuelves a sentir… la sed. Ya no me acuerdo de lo que era esa sensación, pero sí recuerdo como un buen trago de agua descendiendo por mi garganta la calmaba, y no te puedes imaginar todo lo que echo de menos la verdadera satisfacción. El cansancio con el que llegaba a casa después del trabajo, y la re confortación de cada parte de mi cuerpo cuando me tumbaba sobre la mullida cama… todo igual con el hambre, la diversión, las mujeres, el placer, incluso el dolor, que se vuelve satisfactorio cuando dejas de sentirlo… todo forma parte de un cumulo de cosas que se mezclan que están ahí, y que no nos damos cuenta de que lo tenemos hasta que lo perdemos…- la joven comenzó a temblar, su piel sentía el frio del cuchillo y sus vellos estaban de punta por el afilado del borde.- Ese escalofrió es lo último que yo sentí. Cuan…- la voz dejó de hablar cuando de repente la joven se puso de pie. Lentamente se dio la vuelta
-Puedo verte- dijo con una voz suave y tranquila.-si puedo verte significa que ya estoy en camino…- la joven se desplomó sobre su propia sangre. Notó el calor de ella en su espalda. Su visión se volvía borrosa, ya no distinguía si era de día o de noche. Una luz azul se acercó a ella.
-No sabes cuanta gente que desea fervientemente vivir fallece… todo ese deseo y esa esperanza por continuar podría parar de girar el mundo, pero no lo hace. ¿Por qué dices? Porque hay gente como nosotros que teniendo toda la vida por delante elige acabar con ella…-
La joven comenzó a centrar su vista… -Ahora que puedes verme, te preguntarás por qué he intentado impedírtelo. Por pura diversión, soy como un cazador, me gusta jugar con la presa antes de llevármela… en el momento en el que tuviste contacto conmigo ya no puedes dar vuelta atrás ¿qué sentiste cuando te diste cuenta? Dímelo por favor.- la joven movió los labios y se entendió una palabra:
-Satisfacción.- la joven escuchó una pequeña carcajada. Lo último que pudo distinguir con sus ojos fue una figura con una túnica negra que la envolvía en una gélida y completa oscuridad…
lunes, 20 de diciembre de 2010
lunes, 13 de diciembre de 2010
17.El dolor de las piedras.
Jay se despertó, como tantas otras mañanas. La boca le sabía a lucero del amanecer, y siempre le picaban los ojos después de cambiar a su forma normal. Los animales conocían su clan, así que evitaban cualquier desagradable situación, como hacer sus necesidades sobre ellos mientras estaban en estado de piedra. Nunca fallaba, al caer el Sol, todo su cuerpo se petrificaba, adoptaba una forma fetal sobre la tierra y no era más que otro elemento de la naturaleza.
Esa mañana decidió dar un paseo más largo de lo convencional, se propuso llegar un poco más lejos. El bosque era bastante amplio, sus árboles eran robustos y grandes. Debía de ser primavera, pues estaba muy florecido, y los osos deambulaban en busca de alimentos. Todos los animales se llevaban muy bien con Jay, ninguno dejaba de saludarlo cuando pasaba por su lado. Además él conocía todos los tipos de idiomas y dialectos reconocidos en este terreno. Sin darse cuenta, después de escuchar una breve anécdota de una serpiente, llegó a un paraje bastante despejado. Estaba inundado de flores y hierbas que le cubrían a la altura de los tobillos. Allí se encontró con un zorro, estaba tumbado sobre un matorral de finas hierbas que parecían muy cómodas. El zorro alzó la vista y lo reconoció enseguida, pues Jay era bastante conocido en la comunidad, ya que podría ser el último de su especie. El zorro se acercó deprisa a él, parecía impaciente, pero a la vez su rostro reflejaba serenidad.
-No te puedes imaginar lo que tengo que contarte, o mostrarte, si eres más atrevido.- dijo sin responder al saludo que Jay le hizo con la mano. –creo que no volverás a ser el mismo.-
Jay se encogió de hombros, prácticamente había visto todo o que podía ver en el bosque.
Sin decir nada más el zorro se dio media vuelta y le hizo un gesto de que lo siguiera. No tuvo que andar mucho cuando se dio cuenta de lo que era, sobre unas flores de color amarillas que brillaban por la humedad del amanecer, se encontraba una piedra, tenía un diferido color grisáceo, y era bastante grande. Para cualquier persona normal, no sería más que otra piedra del inmenso bosque. Pero Jay enseguida pudo deslumbrar una luz de esperanza.
-¿Lo has visto?- pregunto casi sin poder respirar de la emoción.
-No- dijo el zorro con algo de decepción- pero se puede apreciar su brillo y el respeto que impone. Además, te puedo asegurar que ayer no estaba aquí.- concluyó el zorro.
Jay no sabía que decir, había pasado infinidad de amaneceres solo. Nunca imaginó que solo paseando se pudiera cumplir su sueño. A cualquier parte a donde iba, solo veía familias. Padres, hermanos, esposa, hijos… todo a su alrededor, estaba sumido en una gran soledad, rodeado de multitud.
El zorro le dijo que tenía hambre y que no sabía si volvería por aquí. Dejó a Jay en sus pensamientos, no apartó la vista de la piedra en ningún momento en el que el zorro se alejaba.
-Un momento…- estaba solo en aquel descampado. Un extraño pensamiento se le vino a la cabeza de repente. Estaba tan emocionado que no se había parado a pensar en ello. El Sol estaba en lo más alto, y su forma era de piedra. No podía pensar con claridad, pero esta vez no era de emoción, estaba aterrado, no podía ser… ahora debería de tener su forma.
El zorro no sería tan desgraciado de gastarle una broma tan pesada. Debía de tener una solución, debía de haber una explicación, se sentó delante de la piedra, y se puso a pensar.
Pasó toda la tarde, no pudo recordar nada de lo que le contaron cuando era pequeño. Sus recuerdos se centraban en su madre, pero ninguna de sus historias encajaban con la idea de alguien inverso, alguien que de noche caminara en la forma que el adoptaba de día.
Mientras seguía pensando en alguna idea que le pudiera aclarar todas las incertidumbres que rondaban su cabeza, oyó un ruido detrás de él. Un búho se había posado en la rama de uno de los árboles que rodeaban el descampado.
-Hola Jay- dijo el ave nocturna, cerciorándose de que estaba pasando por algún mal.- ¿te ocurre algo?-
Jay tuvo una idea. Los búhos eran nocturnos, el podría ver si de noche se transformaba.
-Necesito que me hagas un favor- dijo con impaciencia- creo que esta piedra, o sea… podrías….-
-No me digas más-le interrumpió el búho.-pero… ¿no debería de tener tu forma?- preguntó con inquietud.
-Eso es lo que quiero que me digas. Podría ser de los míos, pero algo así como nocturno, como tú…- dijo Jay con un tono de suplica.
-Está bien, lo comprobaré, pero ya sabes que algún día te pediré que me devuelvas el favor.- dijo con tono soberano.
Jay asintió emocionado, estaba a punto de anochecer, y el no podía ver la noche en ningún momento, ni siquiera podía ver como su cuerpo se transformaba. Solo podía adoptar su forma fetal, cerrar los ojos, y descansar. Así lo hizo. A unos pocos metros de su supuesto compañero, se transformó y cayó la noche.
El búho observo el cambio de Jay, pero no pudo ver terminar la transformación pues la otra piedra comenzó a moverse, y se puso de pie. El búho se quedo helado al ver la escena que se acaba de producir, ninguno de los dos pudo ver el cambio del otro.
El búho observó con detenimiento la figura que se alzaba, estirándose y frotándose los ojos. El búho llamó su atención con su peculiar sonido, y le dijo:
-Buenas noches joven, puedo preguntarle cómo se llama…-
Sui se despertó como una noche más.
Esa mañana decidió dar un paseo más largo de lo convencional, se propuso llegar un poco más lejos. El bosque era bastante amplio, sus árboles eran robustos y grandes. Debía de ser primavera, pues estaba muy florecido, y los osos deambulaban en busca de alimentos. Todos los animales se llevaban muy bien con Jay, ninguno dejaba de saludarlo cuando pasaba por su lado. Además él conocía todos los tipos de idiomas y dialectos reconocidos en este terreno. Sin darse cuenta, después de escuchar una breve anécdota de una serpiente, llegó a un paraje bastante despejado. Estaba inundado de flores y hierbas que le cubrían a la altura de los tobillos. Allí se encontró con un zorro, estaba tumbado sobre un matorral de finas hierbas que parecían muy cómodas. El zorro alzó la vista y lo reconoció enseguida, pues Jay era bastante conocido en la comunidad, ya que podría ser el último de su especie. El zorro se acercó deprisa a él, parecía impaciente, pero a la vez su rostro reflejaba serenidad.
-No te puedes imaginar lo que tengo que contarte, o mostrarte, si eres más atrevido.- dijo sin responder al saludo que Jay le hizo con la mano. –creo que no volverás a ser el mismo.-
Jay se encogió de hombros, prácticamente había visto todo o que podía ver en el bosque.
Sin decir nada más el zorro se dio media vuelta y le hizo un gesto de que lo siguiera. No tuvo que andar mucho cuando se dio cuenta de lo que era, sobre unas flores de color amarillas que brillaban por la humedad del amanecer, se encontraba una piedra, tenía un diferido color grisáceo, y era bastante grande. Para cualquier persona normal, no sería más que otra piedra del inmenso bosque. Pero Jay enseguida pudo deslumbrar una luz de esperanza.
-¿Lo has visto?- pregunto casi sin poder respirar de la emoción.
-No- dijo el zorro con algo de decepción- pero se puede apreciar su brillo y el respeto que impone. Además, te puedo asegurar que ayer no estaba aquí.- concluyó el zorro.
Jay no sabía que decir, había pasado infinidad de amaneceres solo. Nunca imaginó que solo paseando se pudiera cumplir su sueño. A cualquier parte a donde iba, solo veía familias. Padres, hermanos, esposa, hijos… todo a su alrededor, estaba sumido en una gran soledad, rodeado de multitud.
El zorro le dijo que tenía hambre y que no sabía si volvería por aquí. Dejó a Jay en sus pensamientos, no apartó la vista de la piedra en ningún momento en el que el zorro se alejaba.
-Un momento…- estaba solo en aquel descampado. Un extraño pensamiento se le vino a la cabeza de repente. Estaba tan emocionado que no se había parado a pensar en ello. El Sol estaba en lo más alto, y su forma era de piedra. No podía pensar con claridad, pero esta vez no era de emoción, estaba aterrado, no podía ser… ahora debería de tener su forma.
El zorro no sería tan desgraciado de gastarle una broma tan pesada. Debía de tener una solución, debía de haber una explicación, se sentó delante de la piedra, y se puso a pensar.
Pasó toda la tarde, no pudo recordar nada de lo que le contaron cuando era pequeño. Sus recuerdos se centraban en su madre, pero ninguna de sus historias encajaban con la idea de alguien inverso, alguien que de noche caminara en la forma que el adoptaba de día.
Mientras seguía pensando en alguna idea que le pudiera aclarar todas las incertidumbres que rondaban su cabeza, oyó un ruido detrás de él. Un búho se había posado en la rama de uno de los árboles que rodeaban el descampado.
-Hola Jay- dijo el ave nocturna, cerciorándose de que estaba pasando por algún mal.- ¿te ocurre algo?-
Jay tuvo una idea. Los búhos eran nocturnos, el podría ver si de noche se transformaba.
-Necesito que me hagas un favor- dijo con impaciencia- creo que esta piedra, o sea… podrías….-
-No me digas más-le interrumpió el búho.-pero… ¿no debería de tener tu forma?- preguntó con inquietud.
-Eso es lo que quiero que me digas. Podría ser de los míos, pero algo así como nocturno, como tú…- dijo Jay con un tono de suplica.
-Está bien, lo comprobaré, pero ya sabes que algún día te pediré que me devuelvas el favor.- dijo con tono soberano.
Jay asintió emocionado, estaba a punto de anochecer, y el no podía ver la noche en ningún momento, ni siquiera podía ver como su cuerpo se transformaba. Solo podía adoptar su forma fetal, cerrar los ojos, y descansar. Así lo hizo. A unos pocos metros de su supuesto compañero, se transformó y cayó la noche.
El búho observo el cambio de Jay, pero no pudo ver terminar la transformación pues la otra piedra comenzó a moverse, y se puso de pie. El búho se quedo helado al ver la escena que se acaba de producir, ninguno de los dos pudo ver el cambio del otro.
El búho observó con detenimiento la figura que se alzaba, estirándose y frotándose los ojos. El búho llamó su atención con su peculiar sonido, y le dijo:
-Buenas noches joven, puedo preguntarle cómo se llama…-
Sui se despertó como una noche más.
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