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Darle la vuelta a la tortilla

Darle la vuelta a la tortilla

lunes, 13 de diciembre de 2010

17.El dolor de las piedras.

Jay se despertó, como tantas otras mañanas. La boca le sabía a lucero del amanecer, y siempre le picaban los ojos después de cambiar a su forma normal. Los animales conocían su clan, así que evitaban cualquier desagradable situación, como hacer sus necesidades sobre ellos mientras estaban en estado de piedra. Nunca fallaba, al caer el Sol, todo su cuerpo se petrificaba, adoptaba una forma fetal sobre la tierra y no era más que otro elemento de la naturaleza.
Esa mañana decidió dar un paseo más largo de lo convencional, se propuso llegar un poco más lejos. El bosque era bastante amplio, sus árboles eran robustos y grandes. Debía de ser primavera, pues estaba muy florecido, y los osos deambulaban en busca de alimentos. Todos los animales se llevaban muy bien con Jay, ninguno dejaba de saludarlo cuando pasaba por su lado. Además él conocía todos los tipos de idiomas y dialectos reconocidos en este terreno. Sin darse cuenta, después de escuchar una breve anécdota de una serpiente, llegó a un paraje bastante despejado. Estaba inundado de flores y hierbas que le cubrían a la altura de los tobillos. Allí se encontró con un zorro, estaba tumbado sobre un matorral de finas hierbas que parecían muy cómodas. El zorro alzó la vista y lo reconoció enseguida, pues Jay era bastante conocido en la comunidad, ya que podría ser el último de su especie. El zorro se acercó deprisa a él, parecía impaciente, pero a la vez su rostro reflejaba serenidad.
-No te puedes imaginar lo que tengo que contarte, o mostrarte, si eres más atrevido.- dijo sin responder al saludo que Jay le hizo con la mano. –creo que no volverás a ser el mismo.-
Jay se encogió de hombros, prácticamente había visto todo o que podía ver en el bosque.
Sin decir nada más el zorro se dio media vuelta y le hizo un gesto de que lo siguiera. No tuvo que andar mucho cuando se dio cuenta de lo que era, sobre unas flores de color amarillas que brillaban por la humedad del amanecer, se encontraba una piedra, tenía un diferido color grisáceo, y era bastante grande. Para cualquier persona normal, no sería más que otra piedra del inmenso bosque. Pero Jay enseguida pudo deslumbrar una luz de esperanza.
-¿Lo has visto?- pregunto casi sin poder respirar de la emoción.
-No- dijo el zorro con algo de decepción- pero se puede apreciar su brillo y el respeto que impone. Además, te puedo asegurar que ayer no estaba aquí.- concluyó el zorro.
Jay no sabía que decir, había pasado infinidad de amaneceres solo. Nunca imaginó que solo paseando se pudiera cumplir su sueño. A cualquier parte a donde iba, solo veía familias. Padres, hermanos, esposa, hijos… todo a su alrededor, estaba sumido en una gran soledad, rodeado de multitud.
El zorro le dijo que tenía hambre y que no sabía si volvería por aquí. Dejó a Jay en sus pensamientos, no apartó la vista de la piedra en ningún momento en el que el zorro se alejaba.
-Un momento…- estaba solo en aquel descampado. Un extraño pensamiento se le vino a la cabeza de repente. Estaba tan emocionado que no se había parado a pensar en ello. El Sol estaba en lo más alto, y su forma era de piedra. No podía pensar con claridad, pero esta vez no era de emoción, estaba aterrado, no podía ser… ahora debería de tener su forma.
El zorro no sería tan desgraciado de gastarle una broma tan pesada. Debía de tener una solución, debía de haber una explicación, se sentó delante de la piedra, y se puso a pensar.
Pasó toda la tarde, no pudo recordar nada de lo que le contaron cuando era pequeño. Sus recuerdos se centraban en su madre, pero ninguna de sus historias encajaban con la idea de alguien inverso, alguien que de noche caminara en la forma que el adoptaba de día.
Mientras seguía pensando en alguna idea que le pudiera aclarar todas las incertidumbres que rondaban su cabeza, oyó un ruido detrás de él. Un búho se había posado en la rama de uno de los árboles que rodeaban el descampado.
-Hola Jay- dijo el ave nocturna, cerciorándose de que estaba pasando por algún mal.- ¿te ocurre algo?-
Jay tuvo una idea. Los búhos eran nocturnos, el podría ver si de noche se transformaba.
-Necesito que me hagas un favor- dijo con impaciencia- creo que esta piedra, o sea… podrías….-
-No me digas más-le interrumpió el búho.-pero… ¿no debería de tener tu forma?- preguntó con inquietud.
-Eso es lo que quiero que me digas. Podría ser de los míos, pero algo así como nocturno, como tú…- dijo Jay con un tono de suplica.
-Está bien, lo comprobaré, pero ya sabes que algún día te pediré que me devuelvas el favor.- dijo con tono soberano.
Jay asintió emocionado, estaba a punto de anochecer, y el no podía ver la noche en ningún momento, ni siquiera podía ver como su cuerpo se transformaba. Solo podía adoptar su forma fetal, cerrar los ojos, y descansar. Así lo hizo. A unos pocos metros de su supuesto compañero, se transformó y cayó la noche.
El búho observo el cambio de Jay, pero no pudo ver terminar la transformación pues la otra piedra comenzó a moverse, y se puso de pie. El búho se quedo helado al ver la escena que se acaba de producir, ninguno de los dos pudo ver el cambio del otro.
El búho observó con detenimiento la figura que se alzaba, estirándose y frotándose los ojos. El búho llamó su atención con su peculiar sonido, y le dijo:
-Buenas noches joven, puedo preguntarle cómo se llama…-

Sui se despertó como una noche más.

1 comentario:

  1. Carmencita de los Bosques14 de diciembre de 2010 a las 6:11

    No sé por qué pero esta historia me suena...quiero maaaaaaaas, jooooooooo, aunq creo q le falta el toke de una calabaza gigante,jajjajajajajjajajaja
    un bezito zopla!!

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