El campesino subió las escaleras, algo raro pasaba, las escaleras estaban llenas de tierra. Supuso que la pequeña no se había limpiado los pies… todo eso se le fue de la cabeza en cuanto entró en la habitación. Su mujer estaba en el suelo, intentaba arrastrarse mientras la sangre cubría toda la habitación. Una hoz se tambaleaba en la espalda con cada movimiento que ella conseguía en su agonía… lo último que escuchó de su esposa eran unos balbuceos que sonaban al Padre Nuestro.
Una luz llamó la atención del campesino, se asomó a la ventana, y pudo ver que casi toda la aldea estaba en llamas. Dió varios pasos atrás muy lentamente hasta que chocó con algo. Sabía lo que era antes de mirarlo, pero no le dió tiempo, pues la pequeña se encontraba en el umbral de la puerta… corrió hacia ella y la cogió en brazos mientras le tapaba los ojos. –No mires cielo-. Sin pensar en nada salió de la casa a toda prisa, y se dirigió a la iglesia, por instinto, pues nunca le había gustado ir allí en momentos de crisis o miedo.
Mientras corría, oía a la gente que se quemaba. Sus gritos de desesperación y las maldiciones a Dios le provocaban mucha angustia pero no pensaba ni por asomo en ayudar a nadie, no lo entendía. En cualquier otra situación hubiera ayudado a sacar a la gente, o estaría drenando agua…pero por alguna razón, nada le inspiraba a ayudar a nadie.
La iglesia era lo que más ardía, sus llamas brillaban con mucho esplendor… no le dió ningún apuro al pensar que se alegraba, ya que había perdido muchas horas de su vida ahí sentado, escuchando tonterías y viendo como condenaban a seres humanos. En el centro de la plaza se encontraba uno de los teólogos, famoso en la aldea por pensar más en la ciencia que en la religión. A su lado había algunas personas y bastantes niños… todos los rostros eran conocidos. Caminó hacia ellos con la pequeña aun en brazos. De cerca pudo ver que ninguno de los supervivientes (por llamarlos de alguna manera) estaba herido, o al menos sucio, pues ni siquiera él se mancho los pies de sangre…
Estaba amaneciendo, la pequeña, se incorporó en los brazos de su padre, miró arriba, respiró profundamente y dijo: - es olor a justicia-. Todos la miraron, su padre abrió la boca pero el teólogo le interrumpió: - su hija tiene razón. Es la verdadera voluntad de Dios.- todos se miraron extrañados y éste al ver sus caras, siguió hablando: -no hace falta creer en él para ser buenas personas. No miraremos lo que hemos perdido. De las cenizas crearemos un mundo mejor…-
El campesino pensó en su mujer. Sonreía… lo único verdaderamente que lamento en su vida fue no haber hecho ese espantapájaros antes.
-Lo llamare Jobac, y le regalaré mis zapatos…-
The End.
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Mola
ResponderEliminarSiempre se agradece n_n
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