El Sol comenzaba a ocultarse, las palomas picoteaban el pan despedazado del suelo, y los niños se divertían en los toboganes. Había sido un día perfecto para estar en el parque.
El mendigo, en un banco, observaba todo con interés, siempre le había gustado observar… ahora su vida era observar y escribir. No era muy mayor, pero dio su vida por pérdida cuando se licenció del ejército a los 45. Había perdido el rumbo, iba de un lado para otro sin mirar atrás, se convirtió en un nómada… un nómada con una pensión de 650 euros…
Se puso a escribir, le encantaba escribir, ésta vez contaba la historia de un hombre atrapado entre mafias, drogas y prostitución. Algo le hizo parar, delante suya tenía a una niña pequeña que lo miraba con curiosidad e inocencia, tenía el pelito corto, una piel clara, y unos ojos marrones muy oscuros. No debía de tener más de 6 ó 7 años… la pequeña comía un dulce de chocolate de una bolsa que tenía en la otra mano. Él no quiso decir nada por miedo a que la pequeña se asustara. Ella, sin decir palabra, se le acercó, extendió la mano con mucha decisión, y le dio la bolsa de los dulces… Él los cogió sin dudar, hacía tiempo que no comía algo así, y le dio las gracias con un gesto de asentimiento con la cabeza. El nómada levantó la mirada al ver como se iba la pequeña corriendo, si dirigió hacia una mujer. La mujer no tenía nada fuera de lo normal, excepto un tatuaje en el hombro izquierdo que le resultaba muy familiar… la niña al alcanzar a su madre le dio un fuerte abrazo seguido de un beso. La mujer con una amplia sonrisa en los labios observó con detenimiento al nómada, tenía una melena negra rizada que le caía por los hombros algo descuidada, una barba de varios días que dejaba ver su rostro sereno, pero a la vez una mirada triste de ojos marrones. Iba vestido con ropas raídas por el paso del tiempo y en el suelo descansaba un antiguo petate de la Armada Española. Ella se acercó con su hija en brazos, y él se puso de pie al instante… se miraron fijamente durante un tiempo… la mujer puso a su hija en el suelo que se quedó a su lado agarrada de las faldas de la madre, se acercó al hombre y le levantó la manga del brazo derecho, descubriendo un tatuaje que también le resulto muy familiar…
-Todavía me debes uno- dijo el nómada.
-¿Para eso has venido?- le respondió ella.
-Ya sabes que no, pero siempre cumplo lo que digo- dijo él sonriendo.
Ella se dio la vuelta sonriendo también, cogió a su hija de la mano y le dijo:
-Cuando quieras…- le miró por última vez y se marchó lentamente.
-Me alegro que estéis bien, ha crecido mucho…- dijo el nómada levantando un poco la voz.
- Yo también me alegro de verte.-respondió ella, hizo una pausa, y miró a su hija. –No para de crecer, y tiene mucho carácter. Ha salido a su padre.-
- Menos mal que la belleza lo ha heredado de la madre.- concluyó el nómada…
La mujer le dijo algo al oído de la pequeña, la puso en el suelo, y fue corriendo hacia el hombre. Él se puso de rodillas, y la niña y la niña le dio un beso: -Adiós papá- le dijo la voz más dulce que podía escuchar. El nómada no pudo evitar derramar una lágrima cuando madre e hija se estaban alejando.
-Adiós cielo mío, os quiero muchísimo- dijo para él…
Allí se quedó, sentado en el banco del parque, viendo como acababa el día… recordando tiempos mejores… y peores.
The End
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario